España mantiene una trayectoria de crecimiento económico sólida, pero las empresas siguen enfrentándose a un reto que trasciende los resultados financieros: lograr que ese avance se traduzca en una mayor productividad, compromiso de los empleados y creación de valor a largo plazo.
Los indicadores apuntan a una aparente contradicción. Mientras la economía española registró un crecimiento del PIB del 2,8% en 2025, solo el 10% de los empleados en España afirma sentirse comprometido con su trabajo, según datos de Gallup. La cifra se sitúa por debajo de la media europea (12%) y muy lejos del promedio mundial (20%).
En este contexto, diversas investigaciones señalan que uno de los factores clave para fortalecer la conexión entre empresa y empleados es la capacidad de las organizaciones para convertir su propósito corporativo en una herramienta real de gestión y no únicamente en una declaración de intenciones.
Los datos del IV Barómetro sobre la Implantación del Propósito Corporativo impulsado por Purpose Strenght Project de la Universidad de Navarra, muestran precisamente esta brecha. Las empresas valoran con un 5 sobre 7 su capacidad para definir un propósito corporativo, pero esa puntuación desciende a 4,8 cuando evalúan su capacidad para trasladarlo al desempeño y a la gestión cotidiana, siendo el indicador peor valorado del estudio.
Para analizar este desafío, la Cátedra de Empresas con Propósito de la Universidad de Navarra, cofundada por ImpactCo, estudia cómo las organizaciones pueden integrar el propósito en ámbitos como la toma de decisiones, el liderazgo, la gestión de personas o la definición de prioridades empresariales.
La iniciativa se apoya en la investigación desarrollada por el Purpose Strength Project, que desde 2017 ha analizado más de 80 organizaciones en 12 países, con información de más de 30.000 empleados y 5.000 directivos. El objetivo es identificar qué distingue a las compañías que formulan un propósito de aquellas capaces de convertirlo en una guía efectiva para su funcionamiento diario.
Según los expertos, el debate empresarial ha evolucionado. Si en los últimos años el foco estuvo en definir y comunicar el propósito, el reto actual consiste en medirlo, activarlo y demostrar cómo influye realmente en las decisiones y resultados de las organizaciones. Una cuestión que cobra especial relevancia en un entorno donde las empresas están cada vez más llamadas a demostrar coherencia entre lo que dicen y lo que hacen.
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